Rafael Calbet – Psicólogo & Coach con 36 años de experiencia en formación y desarrollo para la transformación.

Todos somos seres relacionales, nacidos para vivir en interacción. El estudio de Harvard sobre la felicidad demuestra lo que durante muchos años hemos intuído: las personas felices son las que crean y mantienen vínculos de calidad con otros semejantes. No es cuestión de cantidad, sino de calidad.

La pregunta ahora es, ¿desde dónde nos relacionamos; desde el ego o desde la identidad? Creo que debemos empezar por diferenciar ambos conceptos.

Desde mi mirada (recuerden que siempre hablo desde mi punto de vista), la identidad es fundamental. Tener identidad es saber que soy un ser único e irrepetible, y que mi presencia en el mundo tiene sentido, aunque a veces nos cueste encontrarlo. Es saber y sentirse como un ser en construcción permanente, hacia una versión siempre mejorada de mí mismo.

La identidad se va construyendo desde los vínculos y la autonomía. Vínculos para tener raíces y suficiente autoestima. Es necesario sentirnos merecedores de ser amados por -el ser que somos-, no por lo que hacemos. Tener autonomía para pensar, sentir y hacer según nuestro criterio y nuestra búsqueda. No nacimos para obedecer ciegamente lo impuesto por otros; eso nos convierte en ser sumisos seguidores del pensar de otros. La creatividad y la iniciativa nos impulsa a hacernos nuestras propias preguntas y encontrar nuestros caminos, aunque no siempre sean los que los demás esperan de nosotros. Podríamos considerarlo el ego funcional, necesita sus dosis justas y adecuadas de reconocimiento ajeno, pero sin ser esclavo del mismo.

El otro ego, sin embargo, el disfuncional, solo se alimenta del reconocimiento ajeno y es insaciable. Hace lo que hace para ser adulado, admirado, resaltado sobre los otros; a veces la acción es la misma, pero no la intención. La Identidad, como seres relacionales que somos, buscará la forma sana de ser querido, y siempre va a preferir ser amado que admirado. El ego funciona al revés, busca la admiración muy por encima del amor.

La identidad nos permite vivir desde el amor y para el amor, compartiendo y generando espacios de encuentro;mientras el ego vive de competir, con una necesidad patológica de ganar, sobresalir al precio que sea. Cuando no lo consigue, genera y vive en emociones tóxicas y restrictivas: envidia, frustración, rencor, queja, lamento, enojo, etc.

La identidad es más tranquila, cuando tiene un sueño lucha por él y procura alcanzarlo, pero si no lo logra, sabe aceptar la realidad. Puede estar triste, pero no frustrado ni mucho menos rencoroso porque otros sí lo hayan hecho. Sabe ganar y sabe perder, sabiendo que en toda experiencia hay aprendizaje, y aceptando que aunque muy poderosos, no somos omnipotentes ni infalibles.

Si somos seres relacionales y el ego nos hace vivir desde el yo y para el yo, parece sin duda una forma de vivir que camina en dirección contraria a la felicidad según el ya mencionado estudio de Harvard. ¿Por qué entonces, esa obsesión con alimentar un ego que nos aleja del bienvivir?

Quizás no hemos aprendido o desconocemos que somos seres merecedores de ser amados por el simple hecho de ser, como cualquier otro ser. Eso no quiere decir que siempre necesite que haya alguien que me quiera, sino que, yo sepa que soy merecedor de ello, incluso si ahora no hay nadie que me quiera. La identidad viví tranquila porque no está ansiosamente a la búsqueda sino placenteramente concentrado en el encuentro.

Pero el ego cree que solo vale por lo que hace y por lo que logra. Piensa que haber acumulado mucho dinero es ya una razón para admirarlo, aunque eso no le haga más feliz necesariamente. Pero para cuando se da cuenta de que, solo el dinero no le  ayuda al bienvivir, ya ha perdido mucho tiempo, energía y relaciones.

El ego solo se relaciona con personas que considera de éxito (social), y lo hace porque piensa que puede sacar algún provecho personal. Pero luego entra en depresión, sea porque pierde esas relaciones, o porque toma conciencia de lo débiles que son esos vínculos. El ego no tiene tiempo para el amor a los demás y hacer lo que hace desde la generosidad o el agradecimiento. Lo hace todo desde un interés personal, y los demás terminan percibiéndolo. Busca el brillo y la adulación. Para el ego, la soledad es el síntoma de su fracaso.

La identidad, por el contrario, va creciendo al tiempo que comparte solidariamente y construye desde el amor. Desde ahí puede ser feliz con el éxito ajeno, se puede expresar desde la compasión, la ternura, la alegría y la humildad. No se siente identificada nunca con la palabra fracaso, pues para ella, los errores son solo oportunidades de aprendizaje y guía que nos ayudan a ver el camino correcto. Vive construyendo sólidos vínculos y acercándose a eso que llamamos -la sabiduría del bienvivir-. Para la identidad, la soledad son los momentos para descansar, meditar, reflexionar y conectarse consigo mismo, en pensamiento, emoción y acción.

Parémonos pues a reflexionar un momento, en qué dirección vemos hoy que está nuestra felicidad y en qué sentido estamos caminando nosotros por la vida. Y si tenemos dudas, observemos si cuando estamos alegres, lo estamos solo por el éxito y el logro personal, o somos capaces de disfrutar y compartir el éxito ajeno también.

Yo tardé años en comprender la diferencia, ojalá tú querido lector, te des cuenta mucho antes y camines en dirección y sentido hacia la felicidad y el bienvivir cada día de tu vida. Nuestra recién estrenada Academia del Bienvivir está al servicio de quien puede necesitar ayuda de ese sentido.

                

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