Por. Rafael Calbet – Psicólogo & Coach con 36 años de experiencia en formación y desarrollo para la transformación.

Hace unos días ha terminado, como cada año, el Foro de Davos. Donde se reúnen, en esta localidad suiza, las 3,000 personalidades supuestamente más influyentes en los ámbitos políticos y económicos del globo.

Una de las conclusiones más relevantes de este año no ha dejado de sorprenderme, en este caso, muy gratamente. El Foro de Davos ha recomendado caminar nada menos que, hacia –una tecnología más humana– ¡Por fin!

Llevo tiempo escribiendo y hablando en mis conferencias sobre los peligros y efectos colaterales de esta vertiginosa carrera tecnológica, sin negarle por ello, todos los avances científicos que va consiguiendo.

La tecnología nos prometía una vida más cómoda, en tanto que, las máquinas iban a hacer gran parte de las tareas antes realizadas por el hombre. Pero la realidad está muy lejos de esa promesa, al menos al día de hoy. Cuanto más son los avances en este campo, mayores son las exigencias en el ámbito humano para mantenerse al día de tales avances.

Una persona como yo, un baby boomer no demasiado adicto a lo tecnológico, es cada día un poco más analfabeto tecnológico porque los avances van más rápidos que su capacidad de actualización. Afortunadamente no es tan dramático en el caso de los Millenialls y las nuevas generaciones que ya han nacido dentro de esta etapa de revolución tecnológica e informativa.

Pero en ambos casos, y de forma aún muy inconsciente para muchos, los efectos colaterales nocivos, los estamos sufriendo todos. La humanidad no vive mejor hoy que en los años sesenta, en términos de satisfacción y bienvivir. Las estadísticas de suicidios y de depresión lo demuestran de forma fehaciente. Se han multiplicado por miles en todos los países con un aceptable nivel de desarrollo tecnológico, y de forma alarmante en los más desarrollados; Suecia y Japón a la cabeza.

El efecto más notorio es un fenómeno que he llamado la “Prisa endémica”. Una enfermedad exclusivamente humana que parece inevitable si queremos estar al día de los avances cotidianos del mundo tecnológico. En su versión más extrema causa la muerte. El infarto de miocardio es hoy la principal causa de muerte en hombres y mujeres en todo el mundo. Hoy que alardeamos precisamente de unas esperanzas de vida en el mundo desarrollado de más de 80 años, se muere la gente a los 40, porque su organismo no aguanta el ritmo de esta vida cotidiana.

Sus efectos son más sutiles, aunque no menos nocivos cuando no mata físicamente; tiene efectivamente, incidencias peligrosas en lo humano a nivel individuo, a nivel social y a noivel global.

            I.-  Efectos en la persona

El “bienvivir” tiene que ver con la capacidad de vivir la vida en –momentos–, capaces de ser disfrutados, porque vivimos en plena coherencia del “Eje PEA” (Pensamiento, Emoción y Acción); aquí y ahora. Sin embargo, el ritmo exigido por los avances tecnológicos nos hacen vivir a la carrera, de forma que somos incapaces muchas veces de disfrutar los logros, viviendo en la ansiedad permanente por no llegar a lo exigido en cada momento.

En las empresas la carga de trabajo ha aumentado vertiginosamente debido al manejo de tanta información que hoy nos llega de forma cotidiana. En una hora, hoy podemos estar manejando más información que hace 50 años, en un mes. Y hay que digerirla,  hay que distribuirla y hay que ampliarla.

El resultado es que, las jornadas laborales con frecuencia no solo no han disminuido, sino que han aumentado. Y ello agravado, por el hecho de que hoy nos podemos llevar el trabajo a casa y seguir trabajando hasta alcanzar jornadas de 10, 12 ó hasta 14 horas, y –sigue sin ser suficiente–.

En consecuencia, los niveles de insatisfacción vital, a  pesar de grandes logros profesionales, es cada día mayor. Lo comprobamos en las cosnultas psicológicas o pero aún, en las estadísticas antes mencionadas.

            II.- Efectos en lo social

Inevitablemente, eso conlleva un deterioro de las relaciones de todo tipo. Las horas/ hombre que pasamos conectados a la máquina le han robado mucho tiempo a las horas que hace años pasábamos relacionándonos con otras personas.

En lo familiar y social tiene un costo en la claridad de los vínculos evidente. Y baste recordar acá, el estudio de Harvard que demuestra que, la felicidad está ligada a la calidad de los vínculos que mantenemos con otros seres humanos.

Somos seres relacionales, y los vínculos se crean conversando y compartiendo emociones, y hoy no hay tiempo para eso. Nuestro vínculo fuerte es con la máquina. No es raro ver a familias enteras un domingo comiendo en un restaurante y cada uno enganchado a su celular, en un silencio pesado que impide cualquier nivel de disfrute. Hemos cedido la conversación con el ser presente, por la conexión a cualquier chat de supuestos amigos donde, ahí sí, le entramos por horas a cualquier tipo de conversación, por más banal que pueda resultar.

En lo laboral, los vínculos son también más débiles, al grado de comunicarse muchas veces a través de la máquina a pesar de estar a pocos metros de distancia. La tensión es más alta debido a la hiperconcentración en lo individual, y por ende, el nivel y la gestión de los conflictos, cuando surgen, es más compleja y difícil de manejar. Decimos premiar el trabajo en equipo, pero atentamos contra todo lo que aparte al trabajador de su supuesta fuente de eficiencia, la máquina.

            III.- Efectos en lo global

Hoy el mundo está mucho más en peligro de extinción que hace 50 años. Y eso a pesar de que, hoy hay mucha más legislación ecológica en los países desarrollados. Pero la destructividad es más rápida y eficiente que los efectos para palarla.

No es ya noticia que un gran apagón tecnológico nos devolvería socialmente a la época de las cavernas, prácticamente. Pero aun así seguimos apostando todo en la casilla de lo tecnológico. Una apuesta de todo o nada.

El mundo tecnológico es muy proactivo respecto de lo técnico propiamente dicho, pero enormemente reactivo respecto de los efectos humanos, relacionales  y ecológicos de dichos avances. Cualquier máquina tiene elementos para protegerla de un supuesto colapso energético, de los inumerables virus, etc., pero nadie ha diseñado mecanismos de protección para el ser humano de tanta dependencia tecnológica.

Por eso es tan relevante la conclusión del Foro de Davos, parece que por fin, le han visto las orejas al lobo. En mis sesiones de coaching he llegado a trabajar reponiendo un imaginario interruptor personal que desconecte a la persona cuando ella sienta que su velocidad empieza a entrar en la categoría de vertiginosa. Puedo asegurar que hasta ahora me ha dado grandes resultados con muchas personas, llegando a ver en sus caras una sonrisa antes desconocida.

Ojalá llegue pronto el día en que las máquinas lleven acoplado también ese interruptor, capaz de parar y decirle a su usuario: “Estimado Rafael, ya has trabajado mucho por hoy, ve a casa y disfruta de tu familia. Ya me encargo yo sola de seguir; mañana tendrás la tarea finalizada en mi disco duro”. No dudo de su gran eficacia. Eso para mí, es una tecnología más humana.

Pues nada, a la espera de ese día, me voy a casa, que ya he trabajado mucho por hoy.

                                                                    

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