Sobre el bienvivir

El Bienvivir no significa pretender estar bien y sentirnos felices todo el tiempo. Esa pretensión es imposible porque la vida se compone, queramos o no, de buenos y malos momentos.

En la vida hay dos escuelas que funcionan de forma completamente diferente. En la escuela del colegio, primero nos enseñan, luego nos ponen a prueba y nos examinan para saber lo que hemos aprendido. En cambio en la escuela de la vida, primero nos pone a prueba y después espera que nosotros seamos capaces de extraer la enseñanza relevante. Es por eso que el Bienvivir incluye necesariamente nuestra capacidad para transitar y aprender de los malos momentos.

Los malos momentos no los buscamos, no los deseamos, no los anhelamos pero llegan solos de todas formas. Cuando estamos en los malos momentos, nos sentimos pequeños, incapaces, inadecuados y poco eficientes o productivos; nuestro universo de posibilidad se reduce. Nuestra tendencia a repetir errores ya conocidos, se intensifica. Y el victimismo nos acecha como lugar de reposo, presentándose como una buena alternativa. Sin embargo, el Bienvivir incluye la gestión eficaz de esos momentos. En primer lugar, porque esos momentos son reales y a todos nos van a llegar; en segundo lugar, porque son una buena oportunidad de aprendizaje de nuevas lecciones; nos conectan con el aprendiz que somos y nos recuerdan la importancia de vivir en la humildad.

Los malos momentos nos recuerdan:

Que la felicidad NO es constante ni permanente

Que somos aprendices en todo momento, porque cometemos errores y no sabemos gestionar todo lo que nos pasa adecuadamente y a la primera. Vamos a cometer errores siempre.

Somos imperfectos, queramos o no. Seres en continua reconstrucción.

Por ello el Bienvivir no pretende confundirse con esa ilusoria percepción de la felicidad, como un estado permanente e inalterable. Bienvivir no supone ausencia de errores, vivir sin dolor ni sufrimientos, sin cometer torpezas, incluso, de forma consciente.

Los malos momentos bien gestionados pueden convertirse en una poderosa fuente de aprendizaje, sabiduría, fortaleza, respeto, compresión y compasión hacia los errores ajenos, etc., es la sabiduría y la fortaleza del resiliente. Es vivir cumpliendo el pensamiento de Nietszche:

Lo que no te mata, te fortalece.

Te fortalece porque nos ayuda a cambiar, a transformarnos, a permanecer en continua evolución. Y así, poco a poco, vamos adquiriendo la sabiduría necesaria para acortar la duración de los malos momentos, usando las herramientas que vamos adquiriendo para salir de esos estados cada vez más rápidamente, al tiempo que sabemos alargar la duración de los buenos momentos. Y hasta en los peores momentos, sabemos que, más temprano que tarde, vamos a salir de ellos y recuperar nuestro bienvivir.

Al contrario de vivir en el éxito permanente, nos deja desnudos e ignorante para gestionar las dificultades, las caídas, las pérdidas que de una u otra manera, en algún momento en nuestras vidas se van a presentar.

Las claves de un proceso bien gestionado para transitar por los malos momentos son:

1.- ACEPTACIÓN.

Es básico, como siempre he comentado, evitar vivir en estados ilusorios como son el “hubiera” o el “debería”. Cuanto antes aceptamos la realidad tal cual es, antes nos podemos poner en marcha para recuperar nuestro bienvivir.

2.- CONFIANZA.

Recordar en los peores momentos que son eso, momentos. Y que los momentos pasan, y éstos también van a pasar, dando lugar a otros mejores. Ningún momento es permanente, como ninguna noche es eterna. Y recordar, incluso, cuando no los encontramos o creemos haberlos perdido, que tenemos los recursos y las herramientas para salvar ese momento y recuperarnos. Si los tuvimos, los tenemos, aunque momentáneamente los hayamos extraviado.La confianza nos permite transitar por un futuro incierto y desconocido, con la tranquilidad de saber que tenemos recursos para hacernos cargo de lo que ocurra, cuando ocurra. No necesitamos vivir anticipando permanentemente situaciones y posibles reacciones, resulta ineficiente y angustioso, y nos impide vivir gozando el presente. No podemos tener certeza de lo que va a funcionar mejor en una situación no vivida, pero podemos estar tranquilos sabiendo que algún recurso tendremos para abordarla. Y esos recursos no se apoyan solo en el saber qué hacer, sino en saber cómo abordar la situación. Si no tenemos idea, el recurso es pedir ayuda; si nos equivocamos, el recurso será pedir perdón y

corregir. y, en todos los casos, convertir la vivencia en experiencia y la experiencia en aprendizaje.

3.- AUTONOMÍA

La Autonomía es la capacidad de pensar por nosotros mismos y tomar nuestras propias decisiones, aunque nos equivoquemos muchas veces. Esa facultad reside en el pensamiento, en lo que Guilford llamó el Pensamiento Inteligente. Si no somos capaces de pensar y tomar nuestras propias decisiones nunca seremos libres de verdad porque necesitaremos que otros piensen por nosotros. Seremos esclavos, seguidores, pero no libres. La Autonomía NO es independencia porque el autónomo es alguien que sabe cuándo necesita de los demás y es capaz de pedir ayuda, mientras que el que se cree independiente piensa que nunca necesita ayuda y cuando la necesita no va a ser capaz de reconocerlo y buscarla, por lo que entra en graves crisis personales y de sociabilidad.

Todos somos seres relacionales, pero algunos son esclavos del pensar y los juicios de los demás, y otros son libres porque piensan por sí mismos.

Cuando estamos débiles, vulnerables o abatidos, son los momentos en los que es más importante buscar y saber pedir ayuda. Hablar con otros, compartir, escuchar, dejarse animar, cuidar. Saber pedir ayuda y saber pedir perdón cuando nos equivocamos son dos herramientas fundamentales para acelerar el tránsito por los malos momentos de la vida, sin quedar herido ni resentido por ellos.

Cuando estamos abatidos no es fácil ser consciente de lo que ese momento nos puede estar aportando como aprendizaje. De hecho, ese darse cuenta marca el punto de inflexión entre el abatimiento y el comienzo de sentir la energía necesaria para reflotar y salir de ese estado; es como tocar fondo con las fuerzas mínimas necesarias para tomar impulso hacia la salida. Siempre es posible convertir la experiencia en aprendizaje. Es el camino del sabio y del saber Bienvivir.

4.- ENCONTRAR Y GENERAR LOS RECURSOS NECESARIOS.

  • Recursos lingüísticos para no dramatizar ni instalarnos en vías muertas que alargan el proceso. Dejar de victimizarse, de quejarse, de lamentarse, y poner la mirada y la conversación en lo que es posible hacer dadas las circunstancias.
  • Recursos emocionales como saber pedir ayuda, dejarse cuidar, reconocer nuestra vulnerabilidad y buscar los apoyos necesarios en los demás.
  • Recursos físicos o espirituales según la tipología de cada persona.

No olvidar el sentido del humor como herramienta para alivianar la mirada y el peso de lo negativo sobre lo positivo.

5.- GENEROSIDAD.

Lo esencial es invisible a los ojos, decía Saint Exupery a través del Principito. Y lo invisible, lo interno, lo intangible, no se gasta cuando lo damos, por ello la generosidad nunca nos pone en riesgo de perder; es ganancia desde el primer momento, desde el placer de dar, de compartir lo que somos, lo que llevamos dentro y puede ser motivo de Bienvivir para otros. Ser generoso es gratis pero no gratuito, es decir, no cuesta nada, pero vale mucho. Y es una manera de recordar, incluso en los peores momentos, que siempre tenemos más de lo que creemos, y que eso es más importante que todo aquello de lo que creemos carecer. Ser agradecidos nos permite vivir en el gozo de lo que sí tenemos en lugar de vivir en el anhelo y el deseo permanente de lo que no tenemos.

6.- AGRADECIMIENTO.

Recordar y valorar lo que seguimos teniendo, a pesar de lo que hayamos perdido. Descubrir y poder agradecer lo que hemos aprendido en esta difícil situación; cuando podemos empezar a hacer eso, estamos ya cerca de la puerta de salida.

Mantener siempre que podamos la actitud de agradecimiento a la vida.

Aprender, por tanto, a gestionar los momentos difíciles en los que la vida nos pone a prueba y saber aprender de ellos para seguir creciendo nos acerca poco a poco a la sabiduría del Bienvivir, nos convierte en sabios, en sabios aprendices, porque la auténtica sabiduría siempre se alimenta de la humildad. El sabio aprendiz seguirá cayendo, equivocándose y sufriendo en ocasiones, pero siempre usará esos momentos para seguir avanzando, creciendo, fortaleciéndose, renovándose, transformándose, sin dejar de disfrutar la mayor parte del camino.

Podemos interpretar el Bienvivir también como lograr estar en cada momento, sin memoria ni deseo, en palabras de un célebre psicoanalista, es decir, vivir sin estar enganchados a un pasado que nos lastra, pero que no podemos cambiar, ni a un futuro que no podemos modelar a nuestro gusto. Vivir en definitiva, gestionando y gozando el único tiempo real que podemos vivir, el presente.